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jueves, 24 de marzo de 2011

RESIGNACIÓN

Le habían asegurado que olvidaría con el tiempo. No fue así. Contaba cada uno de los días desde aquella última mirada desde la escalera de embarque del aeropuerto.
Habían pasado dos años, tres meses y veintiún días desde aquel último: “te quiero”.
Viajó para mejorar. Buscando simplemente tener una vida. Ejercer su profesión lejos de todo lo que había conocido y hasta entonces había sido su vida.
Había estudiado, se había preparado y poseía el primer título universitario de todos los miembros de su familia.
Aún así al llegar a su primera entrevista de trabajo, se encontró con una larga fila de candidatos antes de que le tocara su turno.
-¡No importa!- pensó, tras oír al entrevistador decir que el puesto ya estaba ocupado.
Fue cuando esta situación se  fue repitiendo una y otra vez, cuando comenzó la desesperación por el mero hecho de sobrevivir.
Una mañana alguien le ofreció un puesto inferior a su cualificación universitaria, pensó en rechazarlo y volver a su tierra, pero lo aceptó.
Cada mañana, en el tren camino a su trabajo pensaba en aquel último “te quiero” de la escalera del aeropuerto y a veces una lágrima aparecía en sus ojos azules.
Así fueron pasando los días hasta que una mañana la desesperación fue tal que sin encontrarle más sentido a su estancia en un país extraño, decidió… resignarse.
Y aprendió a resignarse mientras dormía, se levantaba, trabajaba, paseaba o leía el diario. Se resignaba mientras se lavaba los dientes, mientras hacia la cama y también mientras lloraba escuchando la voz de los suyos a través del teléfono y mientras reía viéndolos a través de la Web cam.
Se resignaba por la mañana, por la tarde, por la noche e incluso lo hacia cuando a veces se despertaba en medio de la madrugada, pensando en su tierra.
Cada día le veo resignarse en silencio mientras pone cafés en la cafetería del hospital.
El otro día mientras le ponía una espumosa caña de cerveza y un pincho de carne a un cirujano les oí hablar sobre como deshacer coágulos en el cerebro aunque al usar palabras técnicas tampoco me enteré de mucho, ellos hablaban de manera técnica y se notaba que ambos conocían sobradamente el tema.
Mientras esto ocurría en la televisión hablaban de los novios de un ex gran hermano y de una suculenta exclusiva por su top-less en una conocida revista y de los millones que cobraría el futuro fichaje del Real Madrid.
Mientras me servía un café cortado, vi en su cara una mirada triste y desilusionada mientras mirando unos instantes la pantalla de la televisión me dijo: “¡Que injusta es la vida!”
Solo pude exclamar un tímido: Sí

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