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jueves, 7 de octubre de 2010

Crónicas desde el cielo: Recuerdos terrenales (Queta Claver)

Sentada en uno de los cuernos de la luna, fumando un cigarrillo de polvo de estrellas, Queta, descansa mientras observa el precioso arco iris que se acaba de formar entre dos nubes que juguetonas juegan con las gotas de lluvia y el sol.
Es una mujer preciosa, tiene grandes ojos que miran a su alrededor inquietos y curiosos. Luce una maravillosa melena que recoge en un moño de una manera entre moderna y decadente, que la hace aún parecer más bella.
Lleva ya unos años viviendo entre las estrellas celestiales, al igual que antes lo hiciera rodeada de las terrenales con los que en tiempos trabajaba en el teatro, en el cine y en la televisión.
Su mirada, un poco triste, desvela un atisbo de desilusión. No comprende como en sus últimos años en la tierra, casi vivió olvidada y arruinada. Aunque su disgusto desaparece al recordar que aquí vuelve a triunfar cada día en los grandes teatros de la Gran Vía Láctea.
Un ángel de grandes rizos y grandes alas de color azulado, la saca de estos pensamientos.
“Queta, preciosa, te llaman entre cajas, es el momento del ensayo del número de: “Los dragones”
“La bella Queta, Enriquetita como la llamaban de cría, se desliza suavemente, mientras se arregla su falda y su maquillaje, coqueta como siempre.
De la mano del querubín, llega a un teatro de butacas blancas con molduras de nubes azules, suaves y esponjosas, lo que las hacen parecer aún más cómodas.
En uno de los palcos que rodean el escenario, iluminado tan solo por las luces de las bambalinas, sentados un grupo de ángeles esperan para ver el ensayo, ya que no podrán asistir al estreno al estar colgado ya desde hace meses el cartel de agotadas las localidades.
Y dicho y hecho, en el escenario aparece Queta, la estrella, la bonita, la que en la tierra, al igual que ahora en los terrenos celestes, conocían como: Queta Claver.
¡Eugenia y los dragones, por favor, maestro!- le dice al pianista celestial.
Una voz suave y aterciopelada canta:
-““Eugenia de Montijo, hazme con tu amor feliz, en cambio yo he de hacerte de mi Francia emperatriz. Eugenia de Montijo si te entregas a mi amor, serás tú más que reina, dueña del emperador”.
Poco a poco va desgranando la letra de la canción, haciendo las delicias del grupo de ángeles que observan extasiados la actuación.
Al terminar, en pie, aplauden entusiasmados, gritando como un coro celestial: ¡Otra, otra!
Queta se baja del escenario, saludando cariñosa a aquella corte de los cielos, después se acerca a la segunda fila donde está sentada una ancianita que se apoya en un bastón, a la que besa afectuosamente  y que todos reconocen como la madre de la artista, aunque ella conocedora de los trabajos de actriz que ella misma realizó durante años.
Solo la espera para irse a tomar un riquísimo chocolate con una nube de leche y ricos esponjados disueltos en agua, eso sí, acompañados de “fartons” que tanto les recuerdan a su Valencia terrenal.
Hija- le dice cariñosamente- te esperan en el gran café.
-¿Quiénes, madre?- responde cariñosamente.
Tus amigos: Zori, Santos, Lemos, Don Paco, La Santis, La Miró, Los Prendes, Celia…
-“¡Estupendo, recojo y nos vamos!”- ¡Estoy deseando verlos y compartir esta merendola!
Tras decir esto, corre hacia el camerino atravesando el escenario y en unos pocos minutos aparece con una bolsa con su ropa y un precioso abrigo de tela aterciopelada con ribetes de bellos luceros.
Ambas se encaminan hacia el viejo café, mientras recuerdan los trabajos que ha realizado con sus antes amigos terrestres y ahora tan celestes como ella.
“-¿Te acuerdas, mamá cuando sustituí a la Gámez?, ¿Y cuando gané los más importantes premios de interpretación de España, por… ¿Por qué obra fue?... ¡Esta cabeza!... ¡Ah, si!, por: La casa de las chivas. Y cuando hice de esposa de Don Paco, en aquella película, ¡Como nos reíamos por la diferencia de edad entre ambos y eso que él no era muy amigo de risas ni confianzas cuando era terrenal¡
El otro día, Gabrielito, ese ángel informático me trajo una cápsula estelar con esa película para que la recordara y ¿Sabes’, sigue siendo un éxito cada vez que la pasan por televisión de nuestra antigua tierra.
La madre continúa caminando mientras se agarra al abrazo fuerte y firme de su hija que la sujeta con cariño.
Queta, sigue hablando y recordando sus antiguos trabajos hasta llegar a la puerta del establecimiento de meriendas, que tanto le recuerda a aquellos que frecuentaba en Madrid y en los que participó en tantas tertulias junto a sus compañeros de trabajo.
Entran por la puerta giratoria en forma de rosa de los vientos. Al entrar en una mesa del fondo alguien grita:
“-¡Queta, Queta!, ¡Aquí!, ¡Venga os estábamos esperando!, ¡daos prisa, que se enfría el chocolate!
Ambas se acomodan en una de las mesas con sus amigos, y tras comenzar a degustar las dulces delicias  y el chocolate a la taza, comienzan a charlar con sus amigos.
¡Hoy es San José y nos ha dicho que estamos invitados a todo lo que queramos!- grita Zori, mientras se acerca a el homenajeado aplaudiéndole  profusamente, mientras le hace un gracioso guiño, bailando unos pasos de claqué!
¡San José, San José… recuerdos mis años vividos en mi tierra valenciana en este día. ¡Qué bien lo pasaba en Fallas, cuando niña!
La pólvora, el fuego, los ninots, la mascletá…
Recuerdo lo poco que dormíamos durante estos días de fiesta. Hasta llegué a ser fallera de la falla del  Valle de Laguar en Benicalap, el barrio donde nací, a las orillas del Turia.
De pronto, la orquesta del café capitaneada por Olga y Enrique interpretan:
“Valencia, es la tierra de las flores, de la luz y del color…!
Queta, Corea la melodía con sus compañeros. Es feliz. Triunfa como nunca debió de dejar de hacerlo, tiene a su madre cerca de nuevo y encima de la mesa le esperan un chocolate caliente, una fuente con “Fartons” que ahora puede comer sin miedo a perder su línea, otra ventaja de vivir cerca de la luna y las estrellas.
Y además no está sola como en sus últimos momentos terrenales. Rodeada de sus seres queridos, canta dejando volar su imaginación que la trasporta a otros años, en fallas, en su barrio valenciano, casi es capaz de oler el humo y sentir el calor del fuego de la falla de su barrio en la “Nit del fog”.
Y en ese instante, casualmente, como a todas las falleras, una lágrima le recorre por su mejilla dicen que de felicidad…


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Il semble que vous soyez un expert dans ce domaine, vos remarques sont tres interessantes, merci.

- Daniel

Mar Buelga dijo...

grâce à vous. Mar Buelga