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miércoles, 15 de septiembre de 2010

Crónicas desde el cielo. Aún me recuerdan 16/09/2010

Tras la del Cipri surgió una nueva Crónica desde el Cielo, que va dedicada a la figura de la inolvidable Raquel Meller.
Crónicas desde el cielo: “Aún me recuerdan”

-“Ya está acabando septiembre, ya los cielos se tornan plomizos ya se van acortando los días y ya comienza a oler de esa manera característica de los días de otoño en Barcelona, ese olor entre dulce y ácido que siempre produce el salitre de la mar”.
-¡Cuanto hecho de menos el que las olas de la mar acaricien mis pies!”- piensa la bella Raquel, sentada en su mecedora de las alturas, mientras se arropa con un suave mantoncillo negro de lana.
-“Por una parte encantaría volver allí abajo, ya que sólo puedo verlo a través de mi ventana celeste, pero por otro lado, pienso que para que voy a hacerlo si ya nadie me reconocerá.
-“ Todos mis amigos, mis compañeros, mis admiradores, mis padres e incluso mis dos maridos están aquí conmigo”,una nube de melancolía nubla sus grandes ojos negros, aquellos que en tiempos conquistaron a medio planeta tierra.
“Sería tan bonito volver a Paris, a Nueva York, volver a pasar por las bellas tierras americanas y volver a ver mi bella España…
Sentirme de nuevo acompañada por los acordes de tantas bellas melodías tocadas por pequeñas orquestinas de café o por grandes orquestas en los teatros”- su mirada queda perdida en una luz potente y cegadora que mana de una estrella fugaz que acertaba a pasar por el balcón de sus casa en las estrellas.
Raquel, la bella Raquel, con más morriña que nunca, prosigue con sus pensamientos en voz alta.
“No, no es que me queje, aquí vivo estupendamente, tengo todo cuanto quiero, aquí no existe el dolor, todos me miman, incluso todos los perritos que me acompañaron en mi vida terrenal y que me siguen adorando en esta vida eterna y etérea.
Hasta mi adorado amor alemán, mí querido Meller, al que le robé su apellido está siempre pendiente de mi…”
Raquel acaba de ser interrumpida en sus divagaciones por una voz muy fina, con un acento marcadamente francés:
-¡Frrrrancisca, Frrrrancisca”, ¿Estás ahí? – grita estridente.

-“Sí, tía, estoy aquí, ¿Qué quieres?, ¿qué pasa?, ¡Te he dicho cientos de veces que no me llames Francisca. ¡Yo soy Raquel, Raquel!, ¡La Meller!, y no quisiera que nadie olvidara eso jamás – le contesta airada.
La figura que acompaña a aquella voz afrancesada es una monja menudita con hábito de Clarisa, que un poco asustada por la reacción de su sobrina, le dice:
“Porr eso te llamo, “ma petite fille”, porr eso te vengo a buscarr. ¿Sabes lo que acabo de escucharr en la rradio estelarr?
¿El qué?- le pregunta Raquel intrigada.
¡Que no has sido olvidada “mon amour”, que en tu Barrcelona, hace años que tienes una estatua cerrquita de “tu” teatrrro Arrnau¡
Que tus discos y películas son ahorra, verrdaderras joyas de coleccionistas. Que errres motivo de exposiciones, de charrlas, de prrreguntas de los concurrsos y… ¡Lo mejorr, lo mejorr!...
Raquel cada vez más nerviosa a la vez que orgullosa le pregunta:
¡Tía, ¿qué es lo mejor, después de todas esas maravillosas noticias que me traes?, ¡Dímelo ya!
No seas impaciente, “mon étoile”, Lo mejorrr, es que desde aquí, Sin ni siquiera moverte de tu palacio entrre las nubes, alguien rrrecordando tu bella mirrada te ha hecho un espectáculo “¡merveilleux, fantastique!, parra ti solita en la que vuelves a cantarr cada noche tus canciones…
Lo han llamado:”Porr los ojos de Rraquel Mellerr”, porr tus ojos “mon ciel”… ¿Estás contenta?
Raquel, esboza una sonrisa mientras toma de la mano a su tía, la tía que casi la crío, aquella que cuido tantos años de su educación en Francia, mientras le dice plena de satisfacción:
¡Lo sabía, lo sabía, sabía que aún me recordaban, no podía ser que me hubieran olvidado!, ¡Fue tan triste en mis últimos años en el otro lado!…
¡Sabía que volvería a triunfar, porque lo bueno siempre triunfa!, ¡Siempre vuelve a estar de moda!, aunque ahora mismo tía, solamente puedo pensar en que aquí, apartada de la tierra, en este cielo azul lleno de nubes y estrellas y a pesar de haberme ido para siempre, ¡Sigo viva!, porque nadie se muere del todo, cuando alguien le recuerda, ¿Verdad, tía?-pregunta radiante como una de las estrellas que las rodean, mientras ayuda a sentarse a la anciana.
También Raquel se vuelve a sentar en su mecedora, mientras canturrea por lo bajinis:
“Como aves precursoras de primavera, en Madrid aparece La violetera…” y sonríe.

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